Historias de vida

Jairo Mosquera

Gerente general del grupo Consucasa

Hoy, súbitamente, he descubierto el camino de mi vida.  Estando conmigo mismo, sin pensar en ello, mientras me afeitaba, mi mente conectó los cables que, a mis 65 años, me han permitido comprender el camino que ha seguido mi experiencia pasada y la presente.  Debo poner todo de mi parte para que, ahora que estoy conciente de ello, el camino sea correcto.

 

Cuando he relatado a mis amigos o mi familia algunos episodios de mi vida que he considerado significativos, he explicado algunas razones para su ocurrencia, entre las casualidades y mi determinación.


Tengo que remontarme a mi niñez, cuando contaba 7 o 8 años de edad.  El cuarto en una familia de cinco hijos.  Para ese entonces mi papá era Representante de la Cámara por el Departamento del Chocó.  Vivíamos en condiciones muy modestas.  Tanto mi padre como mi madre venían de familias humildes.  Sobre la lápida de la tumba de mi padre hice grabar el nombre del libro que él escribió con orgullo “Recuerdos de un Hijo de Mineros”.  Sobre la lápida de mi madre, escribí: “Madre de Amor, Humildad y Devoción”.

Yo, el niño que por ese entonces apenas empezaba a razonar, sin compartirlo con nadie, pensaba: “Mi papá es el representante de su pueblo.  Ha llegado a una de las categorías más altas a que puede aspirarse.  Sin embargo, nuestra forma de vida, nuestras condiciones económicas, son bastante limitadas”.  Recorría yo el vecindario después de que nos trasladamos a otro sector de la ciudad de mejor categoría, el barrio Palermo, por razón de la vecindad al colegio Americano donde empezaría a cursar el primer año de primaria.  Entraba a las casas de algunos vecinos o me asomaba por las ventanas.  Veía los muebles viejos, raídos, la casa oscura y pensaba: “No, estas no son las condiciones en las que yo deseo vivir”.

Terminada la primaria, mi papá logro que me dieran un cupo para estudiar el bachillerato en un colegio nacional, el Externado Camilo Torres, que era gratuito.  Pero muy exigente.  Por entonces, se preciaba de que sus estudiantes sacaban los mejores puntajes al ingreso a la Universidad.  De hecho mi mejor amigo, de quien mucho aprendí, obtuvo el mejor puntaje en la Universidad Nacional.  Yo no era tan buen estudiante.  Pero logré pasar incólume los filtros de puntajes requeridos año tras año.  Empezamos en primero de bachillerato unos doscientos estudiantes y terminamos cincuenta.  No fue fácil, y se requería una verdadera disciplina de estudio.

 

Ya en ese tiempo se hacían pruebas de aptitud profesional para orientar a los próximos bachilleres hacia sus carreras universitarias.  El perfil que mejor se me acomodaba era el de Economía, pero yo sabía que eso no era lo que yo quería.  Yo entendía que la Economía se refería a las cuentas nacionales y los problemas a nivel macroeconómico (aunque no conocía esta palabra).  Lo que yo quería era algo así como ser empresario, algo que me proporcionara un mejor ingreso económico.  Si en el país hubiese existido la carrera de Administración de Empresas, de seguro mi perfil se hubiera acomodado muy bien a ella.  Pero tal pénsum universitario no existía por entonces en el país, y yo no tenía ni idea de que pudiera existir en el mundo, porque mi mundo de entonces se limitaba a Bogotá.

 

Así terminé el bachillerato al final de noviembre de 1960, sin saber lo que iba a estudiar, pero no me acuerdo de haberme preocupado mucho por eso.

Hoy, súbitamente, he descubierto el camino de mi vida.  Estando conmigo mismo, sin pensar en ello, mientras me afeitaba, mi mente conectó los cables que, a mis 65 años, me han permitido comprender el camino que ha seguido mi experiencia pasada y la presente.  Debo poner todo de mi parte para que, ahora que estoy conciente de ello, el camino sea correcto.

 

Cuando he relatado a mis amigos o mi familia algunos episodios de mi vida que he considerado significativos, he explicado algunas razones para su ocurrencia, entre las casualidades y mi determinación.

 

Tengo que remontarme a mi niñez, cuando contaba 7 o 8 años de edad.  El cuarto en una familia de cinco hijos.  Para ese entonces mi papá era Representante de la Cámara por el Departamento del Chocó.  Vivíamos en condiciones muy modestas.  Tanto mi padre como mi madre venían de familias humildes.  Sobre la lápida de la tumba de mi padre hice grabar el nombre del libro que él escribió con orgullo “Recuerdos de un Hijo de Mineros”.  Sobre la lápida de mi madre, escribí: “Madre de Amor, Humildad y Devoción”.

 

Yo, el niño que por ese entonces apenas empezaba a razonar, sin compartirlo con nadie, pensaba: “Mi papá es el representante de su pueblo.  Ha llegado a una de las categorías más altas a que puede aspirarse.  Sin embargo, nuestra forma de vida, nuestras condiciones económicas, son bastante limitadas”.  Recorría yo el vecindario después de que nos trasladamos a otro sector de la ciudad de mejor categoría, el barrio Palermo, por razón de la vecindad al colegio Americano donde empezaría a cursar el primer año de primaria.  Entraba a las casas de algunos vecinos o me asomaba por las ventanas.  Veía los muebles viejos, raídos, la casa oscura y pensaba: “No, estas no son las condiciones en las que yo deseo vivir”.

 

Terminada la primaria, mi papá logro que me dieran un cupo para estudiar el bachillerato en un colegio nacional, el Externado Camilo Torres, que era gratuito.  Pero muy exigente.  Por entonces, se preciaba de que sus estudiantes sacaban los mejores puntajes al ingreso a la Universidad.  De hecho mi mejor amigo, de quien mucho aprendí, obtuvo el mejor puntaje en la Universidad Nacional.  Yo no era tan buen estudiante.  Pero logré pasar incólume los filtros de puntajes requeridos año tras año.  Empezamos en primero de bachillerato unos doscientos estudiantes y terminamos cincuenta.  No fue fácil, y se requería una verdadera disciplina de estudio.

 

Ya en ese tiempo se hacían pruebas de aptitud profesional para orientar a los próximos bachilleres hacia sus carreras universitarias.  El perfil que mejor se me acomodaba era el de Economía, pero yo sabía que eso no era lo que yo quería.  Yo entendía que la Economía se refería a las cuentas nacionales y los problemas a nivel macroeconómico (aunque no conocía esta palabra).  Lo que yo quería era algo así como ser empresario, algo que me proporcionara un mejor ingreso económico.  Si en el país hubiese existido la carrera de Administración de Empresas, de seguro mi perfil se hubiera acomodado muy bien a ella.  Pero tal pénsum universitario no existía por entonces en el país, y yo no tenía ni idea de que pudiera existir en el mundo, porque mi mundo de entonces se limitaba a Bogotá.

 

Así terminé el bachillerato al final de noviembre de 1960, sin saber lo que iba a estudiar, pero no me acuerdo de haberme preocupado mucho por eso.

Creo que era cerca del 10 de diciembre cuando ví en el periódico un pequeño aviso anunciando la Escuela de Administración y Finanzas de Medellín, que ya había iniciado labores ese semestre.  Escribí a mi hermano mayor que por aquel entonces estudiaba en la Escuela Nacional de Minas de Medellín, el mismo lugar en donde había estudiado mi padre, porque el sí seguía sus pasos, acompañándolo en sus funciones de ingeniero civil por los territorios del país durante sus vacaciones.  A mí no me llevaban.  El concepto de mi hermano sobre la Escuela de Administración no fue muy positivo, por ser nueva y pequeña.  Pero a mí no me desanimó su concepto.  Presenté los exámenes respectivos y obtuve mi ingreso.  Resultó que era un programa muy bien diseñado por la USAID (U.S Agency for Internacional Development) y la ANDI (Asociación Nacional de industriales de Colombia) para empezar a formar Administradores de Empresas en el país, carencia ya muy sentida por las empresas colombianas en creciente desarrollo.  La Universidad de Syracuse, USA, regentaba el programa en forma muy seria.  Era idéntico al programa en los Estados Unidos, y sus profesores eran los mismos de Syracuse.  Los profesores no hablaban español, necesitando siempre un asistente o intérprete.  Hoy la universidad EAFIT es una de las más reconocidas en el país.

 

Así empecé mi carrera dándome pronto cuenta que la disciplina de estudio adquirida en el bachillerato y mi interés en la profesión me hacían un buen estudiante.  Se instituyó una Beca de Honor, que eximía del pago al estudiante que obtuviese los más altas notas en el semestre precedente, y con determinación me hice acreedor a la beca durante todos los semestres de la carrera.  A mediados de ella me dí cuenta de la importancia que tendría hacer un M.B.A. (Master in Business Administration) en los Estados unidos, pues lógicamente aun no existía en Colombia.  Pensé también que alguien tenía que reemplazar a los profesores norteamericanos, y sin pensarlo otra vez me convencí que si era el mejor estudiante, me darían una beca para hacer el Master en la Universidad de Syracuse, para regresar como profesor, y así me dediqué a estudiar inglés, en forma solitaria en el laboratorio de la Universidad.  Y así fue.  Cursé el MBA en Syracuse y regresé como profesor de Mercadeo y Administración en la EAFIT.  Pero mi intención no era ser profesor.  Ese era solo un paso necesario.  Mi intención ya se había concretado en ser un alto ejecutivo de mercadeo en una gran empresa colombiana.  Poco después de mi regreso a Colombia volví a los Estados Unidos para casarme con la novia norteamericana.  Ella desafortunadamente falleció unos cinco años después, sin dejar hijos de nuestro matrimonio.

 

El alto cargo ejecutivo al cual aspiraba se hizo realidad muy pronto, quizá demasiado pronto para un joven sin ninguna experiencia.  Entonces ya se empezó a materializar el bienestar económico que durante tanto tiempo había perseguido.  Pero debo confesar que no me fue bien, y al poco tiempo ya había decidido establecerme por mi cuenta en lo que sabía hacer, la investigación y asesoría de mercadeo.  Encontré muy satisfactorio identificar las siglas de la empresa I AM.  Pensaba que era encontrarme a mi mismo, sin depender de nadie.  Pero más tarde comprendí que siempre estaba dependiendo de los contratos que lograra hacer con las empresas, en una forma más inestable y no más remunerativa que la de un ejecutivo en una gran empresa.  Comprendí que para lograr la verdadera independencia económica tenía que hacer un capital, para tener una empresa en cualquier campo económico.  Entonces me dediqué a hacerlo. Viviendo ya solo, me trasladé a la casa de mis padres para ahorrar algo de dinero, invirtiéndolo en acciones, cosa que siempre me había gustado.  Tuve la suerte de que por entonces se estaban formando los grandes grupos económicos hoy vigentes en Colombia, desatando una feroz competencia, unos por conservar y otros para hacerse al control de las principales empresas del país.  Los precios de las acciones llegaron a  incrementarse hasta diez veces, para el beneficio de los pequeñísimos inversionistas como yo.  Seguía viviendo en la casa paterna, y regresé a trabajar como ejecutivo para tener un ingreso seguro en tanto que consolidaba mi posición económica, durante unos ocho años.  Obtuve una beca del gobierno de Holanda para cursar estudios de alta gerencia en ese país durante seis meses, con el propósito de vivir y conocer Europa.  En Holanda nos casamos con mi novia colombiana, que hoy es mi bella y talentosa esposa, conformando un hogar feliz bendecido con tres hijos que siguen la profesión y el rumbo de su padre, seguramente para que su camino vaya mucho más allá que el mío.

 

Consolidada ya una base económica, ingresé al negocio de la construcción, animado principalmente por las razones de que es un negocio en grande y porque el sistema de crédito y venta permite un volumen muy superior al de los recursos propios.

 

Mientras tanto, durante cuatro años cursé una Maestría en Filosofía en la Universidad Javeriana, en busca ya del alimento espiritual,  previas tantas lecturas y exploraciones en este campo.

 

En la construcción me ha ido tan bien como lo han permitido mis escasos recursos y las condiciones de la economía colombiana, que nos tuvo a todos los constructores inactivos durante varios años que coincidieron con el cambio de milenio.  Después de mis estudios de Filosofía, pero más importante que estos, el otro acontecimiento de importancia en mi vida espiritual es el conocimiento del libro de Urantia, que casualmente llegó a mí hace un año y medio y cuya lectura me ha acompañado desde entonces.

 

Poco antes de la crisis de la construcción intenté establecer la Fundación Construímos para ayudar especialmente a los obreros de la construcción en Colombia.  Terminada la crisis y ante la nueva actividad económica de la empresa, establecimos definitivamente la Fundación, hoy a cargo de mi hijo mayor.  Esta es una entidad muy joven, con solo tres años de fundada, y con una labor por delante muy difícil pero muy enriquecedora.  Nos proponemos que con los recursos suministrados por la tercera parte de las utilidades fiscales de la empresa, las personas con un salario mínimo y especialmente los obreros de la construcción, puedan acceder a una casa propia mediante los mecanismos del ahorro programado, el crédito y el subsidio estatal.  Aunque parezca increíble, la normatividad en Colombia parece ir en contra de este propósito, el cual debería ser el eje de la política de vivienda en el país.  Paralelamente, tenemos comedores comunitarios para niños y ancianos, lo cual constituye una labor mucho más sencilla.  Considero que hasta ahora el logro más grande de la Fundación es el compromiso de mis hijos con ella.

 

Esta es la historia.  Ahora: cual es el hilo conductor.?

 

Por qué nací en un hogar de buenas costumbres que me dió la educación básica, en contraste con tantos seres humanos que  tienen que afrontar circunstancias muy adversas desde edad muy temprana?

 

Por qué ese niño de siete años se hizo el propósito desde tan corta edad de superar sus condiciones económicas?

 

Porque tuvo la oportunidad de estudiar en ese colegio de alta exigencia académica?

 

Por qué inmediatamente terminó su bachillerato encontró la carrera profesional adecuada?

 

Por qué estaba convencido de que lo enviarían a hacer un Master en los Estados Unidos, cuando nadie se lo  había prometido?

 

Por qué le fue frustrante la experiencia como ejecutivo con  la cual tanto había soñado?

 

Por qué le fue bien en su experiencia como empresario, pero no como investigador de mercadeo?

 

Por qué estudio filosofía y profundizó en otras lecturas. ?

 

Por qué estableció la Fundación Construímos?

 

Por qué llegó a su conocimiento el libro de Urantia?

 

Cada uno de nosotros debe hacer un examen de su propia vida.  Mas allá de las circunstancias inmediatas, las causalidades y las casualidades que pueden identificarse para cada cosa que nos ocurre en la vida, tanto alrededor como dentro de nosotros mismos, mas allá de esto, qué lo determina?.   Será nuestra propia voluntad, la voluntad de otros, o la casualidad?

 

Es indudable que tenemos un libre albedrío, una absoluta libertad para escoger un camino u otro entre  las múltiples opciones que afrontamos a cada instante de nuestra vida.  Nada nos forza a tomar una u otra opción.  Depende de nosotros mismos.  Pero hay algo dentro de nuestra conciencia que nos indica cual es el camino correcto a seguir.  Hay algo que nos impulsa, a cada uno en su propio camino, pues todos partimos de puntos diferentes y debemos alcanzar diferentes metas.

 

Está en cada uno, en su  propia libertad, atender o ignorar a su propio yo interior.  Este yo interior puede tener una mayor o menor influencia en la dirección de nuestras vidas, según nuestra propia voluntad de atenderlo.  Generalmente, especialmente de niños, lo hacemos inconciente y espontáneamente.  Pero debemos tratar de tomar conciencia de ese algo dentro de nosotros mismos que nos está tratando de llevar por el camino correcto.

 

El camino correcto es diferente para cada uno y es posible que a nosotros mismos no nos lo parezca.  A unos nos plantea unas pruebas y a otros otrás.  Pero siempre las dificultades,  las privaciones y las contrariedades conducen a nuestra propia madurez y superación.  Igual podemos sucumbir ante ellas, pero esa es una prueba más hacia una mayor superación.

 

En el caso de mi historia personal, que es la que mejor puedo comprender, pienso lo siguiente.  Nací en un hogar que me dió la formación y los elementos básicos, porque de no haber sido así, quizá no hubiera tenido la suficiente fuerza de carácter para suplir su carencia, como sí la han tenido tantos seres humanos que naciendo dentro de las circunstancias mas adversas, o padeciéndolas en algún momento de su vida, las superan para situarse por encima de estas limitaciones en forma verdaderamente ejemplar.

 

Desde muy corta edad se manifestó en mí el deseo de superación económica, viéndolo entonces como un propósito en sí mismo, y sin comprender aún que, como todo en el camino de la vida, una vez alcanzado se constituye en un paso para un propósito mas alto.

 

La oportunidad de estudiar en un colegio de alta exigencia académica, era una preparación necesaria para el buen desempeño en la carrera universitaria.

 

El encontrar inmediatamente y sin ningún esfuerzo la continuidad del camino adecuado a través de la Universidad Eafit, y las diferentes circunstancias dentro de la Universidad, no creo que puedan atribuirse a la mera casualidad.  O quizá casualidad para nuestro entendimiento, pero determinada por algo superior que rige nuestras vidas.

 

Ya en la experiencia profesional, el fracaso en el cargo ejecutivo y en la investigación de mercados, aparentemente negativo, es en realidad positivo porque lo conduce a donde puede obtener metas económicas mas altas.  De haber tenido éxito, quizá sería todavía un alto ejecutivo o investigador, sin tiempo para el estudio de la filosofía, y la Fundación Construímos sería inexistente.

 

Los buenos resultados como empresario de la construcción aparentemente significaban el logro de las metas tanto tiempo deseadas.  Pero entonces llega la comprensión de que todo lo que hagamos por nosotros mismos no deja de ser un propósito egoísta, no tiene en realidad valor alguno.  Solo lo que hagamos desinteresadamente por los demás tiene un verdadero significado.  Si bien en la labor cotidiana de cada uno de nosotros estamos haciendo algo por los demás, generalmente lo hacemos para nuestro propio beneficio.  Por supuesto que muchas personas se dedican a una labor verdaderamente altruista y desinteresada.  Para ellas nuestro reconocimiento.

 

El estudio de la filosofía es un paso de enriquecimiento espiritual, y aun de preparación para comprender mejor la revelación contenida en el libro de Urantia.

 

La Fundación Construímos es una expresión desinteresada por quien más lo necesita.  Por el trabajador que hace nuestras viviendas sin tener derecho a una propia.  Nuestro sistema capitalista es el instrumento más adecuado para la creación de la riqueza, pero no para su distribución.  Mucho menos lo son el socialismo y el comunismo, que ya han demostrado su fracaso.  Los empresarios y dirigentes tenemos que comprenderlo y esforzarnos por crear condiciones más justas y equitativas para los menos favorecidos por el sistema.  Si lo comprendiéramos y dedicáramos algo de nuestro esfuerzo a este propósito, tendríamos un país mejor, un mundo mejor, pues la semilla de nuestra pobreza, de nuestra violencia y de nuestra guerrilla es resultante de un sistema imperfecto de distribución de riqueza que necesita de la acción individual de cada uno de nosotros.  No basta con pagar impuestos.

 

Recordemos la parábola de los talentos.  Curiosamente, esta palabra se aplica tanto para las dotes mentales como para las dotes materiales.  Los talentos no nos han sido dados gratuitamente ni para nuestro propio beneficio.  Tenemos un legítimo derecho de disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos.  Pero esos frutos nos los hemos obtenido solos.  Se nos han dado los recursos y las oportunidades para obtenerlos.  Tenemos la obligación de retribuirlos, en la mismo medida en que nos han sido dados.

 

Lo que finalmente he comprendido esta mañana, es la palabra tan significativa que tantas veces hemos escuchado sin detenernos a pensar en su real y verdadero significado.  Dijo Cristo: “YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA”.

 

El camino esta ahí para cada uno de nosotros, para cada instante de la vida.  No es sólo un camino futuro: es un camino presente.  Está en cada uno aceptarlo y seguirlo.  Aunque no nos parezca fácil o adecuado, aunque nos lleve a través del sufrimiento, la sabiduría divina sabrá llevarnos por las sendas que nos tiene preparadas.  Aceptémoslo con valor, humildad, fe, y mucha voluntad de nuestra parte.

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